Texto: Museu Marítim de Barcelona

Durante siglos, la fisonomía del territorio ha evolucionado supeditada a la actividad humana, ya que es la gente que vive allí la que va modelándola en unas formas cambiantes. Uno de los escenarios que ha tenido más transformaciones, especialmente en el último siglo, ha sido la costa. La frontera entra la tierra firme y el mar.
El interés por el litoral, y especialmente por la playa, es relativamente reciente. Antiguamente se consideraba un lugar inhóspito en el que trabajaba la gente pobre que se dedicaba, básicamente, a capturar el pescado y a la construcción de embarcaciones. Era un lugar de trabajo duro en condiciones rudas, compartido por hombres, mujeres y niños. También un lugar de supervivencia para aquellos que no tenían otras alternativas, como los barraquistas, vagabundos, etc.. y, todavía más, era muchas veces el patio de detrás de industrias y obras públicas que hacían de la playa un vertedero o simplemente un territorio salvaje que se miraba sin verlo.

A principios del siglo XX, las clases acomodadas fueron descubriendo que este espacio tenía un atractivo muy poderoso como lugar de salud y ocio. Poco a poco empezaron a hacer sus incursiones en las tranquilas calas y playas, compitiendo con sus ocupantes tradicionales. Así, se empezó a normalizar la convivencia de dos usos bien diferentes: espacio de trabajo y espacio de divertimento. Esta coexistencia no fue siempre pacífica, sobre todo cuando la playa se convirtió en un lugar codiciado y económicamente valioso.
Esta selección de fotografías nos muestra como, en un siglo, la transformación ha sido vertiginosa. La playa ha sido disputada (pescadores contra ferrocarril, pescadores contra turistas, turistas de lujo contra turistas de alpargata) y ha sido modificada hasta hacerla irreconocible en la mayoría de los casos. La fotografía permite documentar estos cambios y juzgar también el resultado.